Cada palavra dita é a voz de um morto.

Aniquilou-se quem se não velou

quem na voz, não em si, viveu absorto.

Se ser Homem é pouco, e grande só

Em dar voz ao valor das nossas penas

E ao que de sonho e nosso fica em nós

Do universo que por nós roçou

Se é maior ser um Deus, que diz apenas

Com a vida o que o Homem com a voz:

Maior ainda é ser como o Destino

Que tem o silencio por seu hino

E cuja face nunca se mostrou.

 

 

 

Diente de león

tan suelto del matojo,

siempre desprendiéndole

acordes al cielo.

 

Siempre vistiendo nubes.

Eléctiricas. Purpúreas.

 

El viento azul del solo

sopló en tus melenas.

Y esta vez sí

abriste en cruz

los brazos

de algodón.

 

Es primavera en Minnesota

y el Diente de León

riega el mundo

con lentejuelas amargas

de nieve purpurina.

 

 

 

“¡Se acabaron los gitanos

que iban por el monte solos!

Están los viejos cuchillos

tiritando bajo el polvo”.

Los folletos anuncian tarde de flamenco en la Plaza do Toural,  Santiago de Compostela. Me llaman del grupo de baile. Pueden contar conmigo. Patear un poco el suelo alivia. Tiene algo de querer despertar el mundo.

Se festeja la ascensión. La de Cristo, aunque muchos lo duden. Ya han pasado en la semana espectáculos de jazz, rock inglés , español, BA rock, los ojos de brujo, y cierra mañana David Bisbal. Le mandé saludos: que cierre y se lleve la llave de su barrio. En fin, hay para todos los gustos o disgustos.

Lo importante: la tierra del Apóstol le da lugar al Cristo de los Gitanos “siempre con sangre en las manos, siempre por desenclavar”.

 Si “Europa se hizo peregrinando a Santiago”*·,  los Gitanos se han hecho peregrinando en Europa. En esta plaza céltica no está tan a la vista la presencia gitana, como en Cataluña, Andalucía o Castilla. 

Tal cual manda la tradición compostelana, llueve. El jaleo se suspende. Mis botas de flamenco quedan en el bolso, sobre la mesa.

-Tratándose de gitanos, habrá que esperar  la noche-, escribo en el mural del grupo de baile. Es algo que aprendí en Brasil, en rituales de los que tomé parte con gitanos de Riberâo Preto. - La luna les es propicia-. Y así fue, claro.      

     

Un centenar largo de  personas alrededor de la fuente . Comienza la música en el escenario. Una escuadra jazzista fusiona el flamenco con música gallega y todo lo que se le cruza. Un poco instrumental de más, pero levanta cuando dos cantaoras le prestan el alma al virtuosismo.

 

El clímax del show proviene de otro lado. Un grupo del público le mete las palmas. El misterio de la cuenta flamenca se hace de manos con uñas maltratadas, como debe ser. Hay un clan entero, casi en formación. Los carritos con bebés frente al escenario, luego niños y mujeres, fila tres para hombres jóvenes y en la última los adultos, miradas profundas y palmas no tan ligeras. Le dan sangre a la música y todo empieza a gravitar en torno a ellos. Gritan lo justo en el momento justo. Levantan brazos, llaman por bulería. La verdadera, no la marcha de discoteca que sonará mañana en andas de la “Operación Derrota” de la cultura española.

  

El duende paira en la plaza. Con la digna alegría que los hace estar y no estar a la vez, el clan exhibe historia y futuro gitano:  desde calones de piel oscura con semblantes de India, hasta kalderash rubios, toques rumanos ó húngaros.  Cuando arremeten todos , invierten el sentido del show. Los músicos del escenario pasan a tocar pendientes de ellos. 

"Si te vieran los gitanos, harían con tu corazón, collares y anillos blancos”

Palo con palo, van acompañando, reinventando. Los lazos familiares no se evidencian cuando termina el espectáculo y el grupo se fragmenta. Dan la impresión de encargarse de los niños que tienen cerca, y ¡ala! Que se van yendo.

Una gitanilla maciza y decidida, arremete contra el gentío, abriéndose paso con el carrito y el bebé. Atropella a varios sin miramientos. Dos hombres y otras dos mujeres se le unen. Vamos por la misma calle de piedra casi techada, que va a dar a la plaza de las Platerías, ya en la Catedral. Paseo gozoso, piedra, luna y la torre del reloj. Uno de los gitanos se apoya contra una columna, y mea.

Entre esto y el carrito chocador, el hechizo me abandona. 

Fuente de los Caballos a la vista, llegan otros. Todos comienzan a hacer palmas y a cantar una rumbita. Doblan a la luna, dale que va con los cantes. Yo subo hacia la Catedral un poco Hermes,  de nuevo el duende alándome los pasos.

º“Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos”

 

 

º Fragmentos de Federico García Lorca

* Frase atribuida a Goethe.

 

 

 
 
 

El mejor regalo desde Sevilla: relato de Ana Pariente

 

Escribe Ana Pariente desde Sevilla

 

EL MEJOR REGALO

Clara volvía de su trabajo a casa, la esperaban algunos días de descanso. Los últimos del año.

Al tomar el ascensor, entró una vecina.

Clara marcó el 6 y marcó el 7.

-Ya sabes dónde vivo, ¿eh?

-Bueno, llevo aquí algunos años.

-¡Ay, hija, otro año más! - empezó el lamento la vecina.

-¡Qué bien! ¡Señal que lo hemos vivido y vamos a celebrar otro que entra!

-¡Quita, quita..! No quiero….- espetó la mujer. Y siguió hablando y hablando contra la vida.

La mente de Clara subió alto, mucho más que el ascensor. Tristemente se acordó del partir de un compañero. Un muchacho en plena ejecución de sus futuros, de tan solo 22 años...la voz estridente de su vecina le enturbia el pensamiento

-¿Verdad querida?

Clara intenta seguir la conversación que había perdido, la mira, le sonríe

-A mí nunca me ha importado decir la edad, Clara.

-Eso está bien

-Tengo 75 años.

-¡Ea! Pues que bien los lleva…!

-Y..¡Ay! mira qué arrugas…. ¡no quiero, no quiero!

-¡Si no los representa! ¡Mira que moderna y guapa está!

-Ya, ya, pero, ¡no quiero! ¡no quiero!

A Clara le baja un cansancio de ceño fruncido:

-Con todos mis respetos es usted una afortunada, cuánta gente muere buscando un sitio donde vivir, cuánta gente muere sin haber cumplido sus sueños, cuánta gente muere sin apenas haber podido disfrutar de un poco de vida, cuánta gente quisiera estar tan saludable como usted y llegar a su edad rodeada de familia y amigos……¡y usted se queja por vivir! Es usted una desagradecida y una egoísta.

El ascensor se detuvo en el sexto piso. Despacio, mucho más que siempre. La mujer cabizbaja sale sin despedirse. Se crispa y vomita:

-¡No me gusta!

 

Más liviano, el ascensor sigue su camino, Clara murmulla  “¡Qué injusta  la vida!”, y otras frases de la rabia que se va quedando allí, en la caja de metal.

Abre la puerta de su casa y enseguida la ventana. Los rayos del sol entraban a raudales por el gran ventanal del comedor, sonrió.

-Mientras respire , seguiré celebrando - le cuenta a los aromas de su apartamento.

Mira hacia al piso de abajo.

El ventanal, como siempre, cerrado.

Ana Pariente

 

 

Escribe Koralina Hübner

Recién mudados a Viena y sin nada en nuestra nueva casa salimos a comprar esas cosas básicas para el día a día que definen a la raza humana como los seres racionales civilizados dominantes del planeta tierra y que al mismo tiempo nos hacen los más destructores y peligrosos para la existencia del mismo. Papel higiénico, productos de limpieza, algunas ollas, cubiertos, etc. era lo que estábamos necesitando. Para nuestra sorpresa y agrado descubrimos que nos acabamos de mudar a un barrio mayoritariamente árabe. Yo ya viví en un barrio árabe en Astoria, Queens y mi experiencia fue muy positiva. Hay tiendas con todo lo que puedas imaginar y a precios convenientes. Buenas frutas y verduras, un montón de semillas y condimentos exóticos y unas panaderías irresistibles. Entramos a una de esas tiendas de cosas baratas y compramos casi todo lo que necesitábamos. El cajero se dirige a mi esposo hablando en árabe... una frase larguísima con inflexiones muy diferentes a las lenguas latinas y vocales más bien abiertas, lengua suelta, un idioma relajado, blando... mi esposo es brasilero, no entendimos lo que decía. El señor muy simpático también hablaba alemán y nos regaló a cada uno un llavero de bienvenida al barrio. A mi esposo un llavero macho, una navaja. A mí, una mariposa con brillantes.
Acto seguido, no pudimos resistir a una de las panaderías. Otra vez nos atendieron muy bien, la señora de velo nos recomendó los mejores dulces y los mejores panes. ¡Verdaderos manjares!
Me pregunto... ¿qué pasó con esa primera impresión? Hace solo cinco meses que vivimos en Viena y la ciudad parece haber mutado....

¿Mutó la ciudad o mutó mi percepción sobre ella?
En este mismo momento escucho muchas sirenas, lo primero que me viene a la cabeza es preguntarme si habrá habido un atentado y me preocupo por mi esposo que está ensayando en la ópera de Viena... le escribo... recibo la respuesta.....Lohengrin 

Por suerte no está pasando nada, más bien diría que está pasando menos que nada ya que las acciones en las óperas de Wagner pasan tan lenta y estiradamente, que uno se siente casi como observando una escultura.

Al día siguiente de los atentados en París salgo de mi casa como todos los días y tomo la línea de metro U4. Veo que en la otra punta del vagón un policía empieza a discutir con un árabe y un negro. Yo no podía escuchar lo que decían, pero al ver que la gente estaba más bien tranquila no me alarmé hasta que el árabe bajó la palanca roja que detiene por completo al tren en el medio de la nada. Silencio sepulcral.

O más bien, silencio hacia el sepulcro, ¨nos va a disparar a todos y voy a morir¨, fue lo primero que pensé. Grabé un mensaje de voz a mi esposo relatando lo que iba pasando. Luego de unos minutos que parecieron horas, el tren se movilizó otra vez. Cuando llegó a la estación anunciaron por los parlantes que todos debíamos evacuar los vagones de inmediato. Fui la primera en subir corriendo las escaleras adelante de todos los austríacos que abandonaron los vagones de manera correcta y protocolar. 

Ayer, a dos semanas de los acontecimientos en Colonia, Alemania en la víspera de año nuevo, llegué a casa indignada. Al cruzar la plaza unos árabes me gritaron cosas que no pude entender pero que claramente se referían a mi como mujer. Claro que como uruguaya me di vuelta y los encaré con tal mirada de rayo láser que pararon de gritar y más bien se sintieron avergonzados.

Hoy reflexiono, ¿no pasa lo mismo o peor en Uruguay cuando una mujer pasa por una obra en construcción? ¿No me pasó ya peor en Montevideo una vez que un tipo me persiguió tres cuadras, yo sosteniendo la cartera con fuerza porque pensé que me quería robar, pero lo que hizo fue agarrarme una nalga, por lo que se ligó un paraguazo en la cara? ¿No fue racista por parte del policía en el tren empezar a discutir de la nada con los árabes?

Cuando vivía sola en un mono ambiente en Astoria, Queens, yo estaba recién llegada a New York y no conocía a nadie. Pegado a mi casa había una peluquería de hombres. El peluquero Mohamed, marroquí, siempre me saludaba con la mano a no ser que fuera su hora de rezar en la que se lo veía por el ventanal arrodillado en su alfombrita. Un día me fui a presentar y terminé haciendo amistad con él. Era bueno para mí, la peluquería estaba abierta hasta la media noche, y cuando yo llegaba tarde, sabía que alguien estaba ahí.

 A veces, cuando yo sentía miedo de noche al caminar desde la parada del bus a mi casa, le escribía un mensaje y Mohamed salía de la peluquería para acompañarme cinco cuadras. A veces tomábamos café, o yo le llevaba un café a la peluquería cuando iba saliendo a la universidad. Mohamed me contaba de su cultura y su religión y yo me indignada con cómo el mundo occidental los mete a todos dentro de una misma bolsa injustamente. Un día le pedí que me cortara el pelo. Me dijo que él me lo cortaría pero que teníamos que esperar que todos se fueran de la peluquería, ya que sus clientes hombres no lo podían ver cortándole el pelo a una mujer. Ese día yo me quedé observando por mi ventana hasta que se fuera el último cliente y fui. Bajó la cortina de la peluquería, me cortó el pelo y no me cobró nada.

Un día vino a visitarlo un hombre marroquí religiosamente importante. Recuerdo la vergüenza que sintió Mohamed cuando ese hombre le agarraba la mano mientras caminaban por New York. Pero Mohamed es tan respetuoso que no se animó a decirle nada. Hoy me subo al U4 y observo el tiroteo de miradas entre árabes y europeos (no todos, claro)...y recuerdo a mi amigo Mohamed.

 

Dibujos de la autora

 

La teoría ilumina el proceso creativo, pero la obra verdadera atisba desde sombras que no lograron ser desvanecidas.

Luis Camnitzer

- Todo va a salir bien. Acá te estoy esperando - prometo, y se llevan la sonrisa brasileña de mi amada hacia el quirófano. Bendita sea, hasta en un momento así, rasgado, hay toques de alegría en su rostro. Aún en medio de la entrega al traumatismo calculado, del salto al abismo anestésico, me da un apretón de manos de consuelo. El camillero la empuja entre bromas y risas de distracción.

“Es un alma pura”, pienso advertirle, pero callo.

El alma no es lo que estará esta tarde sobre la mesa de apuestas.

La veo de lejos, a través del ojo de la puerta vaivén.

Mitad reina, mitad niña perpetua, la envuelven en agujas y aparatos.

- Son más de tres horas de cirugía - anuncia una enfermera, - Mejor se va a almorzar, señor.

Debo estar hambriento, pero ni lo tengo en cuenta. Hice el ayuno de doce horas con ella.

¿Sala de espera? Imposible. Tiene razón la enfermera, mejor almuerzo. Aquí, en el Hospital.

- Restaurante - le pido a la ascensorista. Parece algo contrariada. Llego y el local sofoca, es de techo bajo, piso alto. Está casi vacío, sólo en una mesa dos personas comen espaguetis.

- ¿Es tarde para almorzar?

La empleada ni se digna en responder, me señala un menú. Esta vez, descensor.

- Planta baja - pido. Se detiene en el piso siete.

- Aquí es la salida.

- Pero dice piso siete. ¿Me tengo que tirar en paracaídas? - intento bromear.

- Es el nivel de la calle, señor.

Considerando que hay que sumar dos pisos de garaje, la mente se me va hacia los nueve círculos del Dante y lo peligrosamente cerca que los tiene este hospital.

Salgo a la calle.

No recuerdo más nada. Sé hacia dónde fui, y por eso deduzco que salí a la Rúa Peixoto Gomide, subí la ladera, caminé por la Avenida Paulista peatonal de domingo, entré en un centro comercial y me puse en la fila de un restaurante de comida rápida japonesa.

Allí estoy cuando el muchacho que tengo delante me mira y se hace a un lado.

- Vaya usted primero, señor.

- No tengo apuro, puedo esperar - lo dejo en falsa escuadra. Insiste:

- Es que todavía no nos decidimos - mira un menú mientras aparta a la joven que lo acompaña, que ya estaba en la caja. Pido el plato, son pre establecidos, dos temaki cuatro piezas de sushi y dos arrollados California calientes.

- ¿Qué va a tomar, señor? - me sonríe Kleidy, según consta en la identificación de la cajera. Mulata, muy jovencita, no debe pasar los dieciséis años.

- Coca Cola - voy pagando.

- ¿Cuáles son sus preferidos?

- ¿Cómo? - no la entiendo.

- Le preguntaba cuáles son sus bocados preferidos de nuestro menú.

- Los arrollados California - debe ser para alguna estadística. Estas mega ciudades están siempre saturadas en marketing. Raro, no anota nada. Me quedo parado junto a los que esperan .

- Siéntese en una mesa, señor. Yo le llevo la bandeja cuando esté pronto - se me acerca Kleidy. Trae la Coca Cola. Debe ser por haber pedido arrollados calientes, lo mío va a demorar más. Porque no veo servir en la mesa a nadie. Todos aguardan de pie, como es costumbre.

Pasan minutos y, para mi sorpresa, veo que los otros clientes también reciben platos calientes.

En eso aparece Kleidy, puro sonrisa y bandeja colorida. Algas temaki, verde wasabi, rojo salmón, arroz de blanco absoluto.

- Le traigo dos arrollados California de cortesía - me anuncia para más sorpresa. Me sirve la Coca Cola en el vaso, y esto tampoco es usual. Se va. Todo muy raro.

Me miro: tengo la identificación de acompañante del hospital pegada a la camisa. ¡Y estoy llorando!

Me atraganto en vergüenza. Enseguida uso técnicas para entrar en calma, inspiro por nariz. Expiro por boca. Traigo pensamientos consolantes, “Vergüenza es robar, no llorar”, y esas frases que no por tontas dejan de ayudar.

Seguro vengo en modo “papelón” desde el ascensor del hospital. Caminé casi un kilómetro, entré en el centro comercial a puro lagrimeo.

Todo explicado, el espanto de la moza del restaurante hospitalario. De la ascensorista, de la pareja que me dejó pasar primero.

Las atenciones de Kleidy.

El celular hierve en gente preguntando. Queriendo saber. Respondo los más urgentes.

Miro el reloj y ¡Ya van dos horas! Alguien llama. Número desconocido.

- Hola Fernando, soy Omar. Ya está, todo salió tan bien que terminamos antes...- y el cirujano pretende seguir explicando.

- ¡Puedo llegar al hospital en cinco minutos! - ya corro hacia allá.

 

Me recibe todavía con atuendo quirúrgico, rebosando alegría:

- Excelente operación. El robot ayudó bastante - y sigue con una serie de detalles minuciosos y técnicos. El resplandor vocacional del Doctor El Hayek va entibiándome. Orgulloso, por momentos se me hace un sabio. Por momentos, hechicero. La felicidad con la que disfruta la cura de la paciente es más contagiosa que cualquier infección hospitalaria.

El día siguiente, ya de cielo escampado, vuelvo al restaurante japonés:

- ¿Está Kleidy? - reconozco al gerente del día anterior.

- Trabaja sólo los fines de semana. Vive en Osasco, le lleva dos horas llegar acá.

- Quería hablar con ella. Agradecerle lo bien que me atendió ayer. También le agradezco a la empresa los arrollados extra que me dio.

- No fue la empresa. Ella los pagó.

Me hago todo el cuadro, muchacha del suburbio con un sueldo paupérrimo, alto costo de transporte, y encima gastando en mí de lo poquito que ganó sacrificando el Domingo.

- ¿Me haría el favor de llamarla al celular?

- Claro - disca y nada,

- No atiende. A esta hora está en el templo. Va todos los días, es evangélica.

Me la imagino dando el diez por ciento del sueldo al furor monetario de los “pastores” de TV.

 

En eso ella devuelve la llamada. El gerente me pasa el teléfono. Primero sólo le agradezco. Después, no resisto:

- Ah, Kleidy, quería decirte que no precisas tanto templo, tanto intermediario con las Alturas.

-¿...?

- Porque vos, Kleidy, vos sos la sonrisa de Dios.

 

 

    Escribe Marta Avellaneda desde Nueva York

 

Hello Kenneth, I Mean...Kathy.

Part III - Settling back to ¨normal¨

 

The next day I called all the employees into my office one by one, starting with Mattie, the Dominican secretary. I had prepared a little speech, which consisted of an introduction about trans-sexuality in general, an exposition about Kenneth's problem in particular, and a conclusion with a request for the person's pronouncement on the matter. I had gotten no further than half way through my introduction when I was politely interrupted by Mattie, who said that she and the rest of the staff knew all about it, that they were aware that Kenneth had talked to me, and he had explained that there might be a vote taken on the matter. She voted yes. She was also very sure that everyone else would vote to support Kenneth. Actually, everybody except Marcus, Ronald (the new Officer), and I had known about Kenneth for months. He had taken them into his confidence one by one, preparing them for the time when he would have to request that they accept him as a she.

I felt a mixture of surprise at Mattie's vote, hurt and annoyance at having been left out from the collective knowledge, admiration for Kenneth's efficient and discreet lobbying, and an instant need to confirm Mattie's assessment with the rest of the staff.

It didn't take long. She was right. They all knew, and they had all made up their minds way before I called them. I found out that if Marcus and I had tried to dismiss Kenneth without submitting it to a vote, they would have rallied in his favor.

Having accepted the vote as a fact that we would have to learn to live with, I was still curious to know if people had taken everything into consideration. So I called all the women together and asked:

Why do you want him to do this?

They said that they liked him, and that he was a very sad person because of what he felt was Nature's mistake, and they thought he might be able to be happy after the sex change. I asked if they realised what the transition meant in practical terms. He would be called by a woman's name, he would come dressed as a woman, but hardly look like one.

Do you realise that he will be with you in the ladies' room, while you are pulling up your panty-hose?

That brought a shadow of doubt over their faces, and someone said,

Well, maybe he could knock first and if one of us is inside, wait until we come out. Or maybe he could keep on using the men's room?

Aha! No, ladies, either you treat him as a woman or you treat him as a man. He's not looking for ambiguity. He's looking for confirmation!

They were all silent for a few moments, and finally, one by one, confirmed their support, and gave up their exclusive claim to the most private space in the office, the ladies' lounge.

I conceded defeat and went to explain to Marcus that even though we thought of ourselves as progressive, I had discovered that we were the bigots in the office. Then I talked to Kenneth, who was endlessly grateful, and I asked about the particulars of the schedule ahead of us. At the end of the conversation I asked him seriously if he was aware that statistics showed a high percentage of suicides by people who had the operation. He said he was, and that was that.

The rest of the story is less fresh in my mind, because it wasn't as dramatic as I had expected it to be. The process, by which Kenneth became a woman in appearance, was calculated to induce slow acceptance. His hair was already long; he only let it grow some more. The first day, he came dressed in a shirt and woman's pants. After a while he wore a woman's suit with a long skirt. In a month or so he applied a little make up. And slowly we all got used to seeing him without noticing. He changed his name to Kathy, and everybody called him that, except me, not that I didn't try. I just couldn't remember to do so. I am an obsessive type of worker, usually doing two or three things at the same time, and always in a hurry and absent minded about what's going on around me. So I would often call him on the speaker through the intercom and say:

Hello Kenneth, I meanKathy.

I would feel upset and embarrassed at being the only one who couldn't get it right the first time. Kenneth/Kathy understood, and came up with a solution. I could call him Kwhich to me was the initial of his name and to him it sounded like a woman's name Kay. I could deal with that, and it was settled.

Months went by of convivial harmony mixed with outsiders making strange faces, but eventually, Kresigned. He had done it twice before the business of the sex change, both times for some silly, inconsequential, neurotic reason. Twice before I had smoothed his grievances and convinced him to stay. But I never stop any one from quitting more than twice, I figure one must pay attention to someones need to constantly pull away. And there's a saying in Spanish, la tercera es la vencida (the third time is the last). So I let him go. He was surprised. He probably expected that I would stop him this time, as I had done before.

Khad grown so much into his new identity with all of us, that it didnt occur to anybody that my reaction was other than job related. Everybody knew I was tough.

We never heard from him again, and I don't know if he went through with his operation in the end. I didn't stay much longer then Kenneth in the dying company, and the company didn't survive much longer when Marcus left soon after me.

A month or so after Kenneth left, I got a phone call from a potential employer requesting references. The woman sounded suspicious. Had I noticed anything strange about Kathy? I said I hadn't.

Doesn't her voice sound very peculiar to you?

I said it didn't, and went on to talk about what good work Kathy had done with us, carefully avoiding pronouns. I didn't really lie. I had got used to the way Kdressed, and didn't find it strange any longer. As for his voice, there was nothing peculiar about it.

It was a totally normal male voice.  

 

 

trecho da "Poesia de Natal", de Vinicius de Moraes

 

 

En tiempos de Perón, un militante fanático del peronismo y que creía odiar sinceramente a Borges, un día lo vio esperando que alguien lo cruzara. Se acercó con una idea terrible, dejarlo en la mitad de la avenida.

Lo tomó del brazo después del “me permite, maestro” de rigor, y ya en medio del cruce le fue aflojando el brazo y le dijo: - Sabe, Borges, yo soy peronista...

Borges no lo dejó seguir: - No se preocupe, muchacho. Yo también soy ciego .

El muchacho en cuestión, a quien conocí personalmente, contaba luego que por supuesto terminó de cruzarlo y no dejó de ser peronista.

Pero no puedo evitar hacerse también borgesista.

Tom Lupo en "Vida de Vivos", de María Moreno.

                                                                                                                                                              Escribe Koralina Hübner, desde Viena       

Caminar sin intenciones la noche vienesa, es una experiencia elegante; uno coexiste con Mozart, Freud, Klimt, Strauss, Beethoven, Schönberg, en cierta atmósfera especial que se respira... Misticismo?...puede ser.
Todos están y no están muertos.
 
Los vieneses se encargan de recordártelo una y otra vez: si estás apretado, podés ir al baño de la estación de metro mas céntrica de Viena (Karlsplatz), y mientras el cuerpo afloja, se da lugar al alma escuchando los valses de Johan Strauss.
¿Lo harán a propósito? ¿Estarán buscando que tu cerebro asocie el placer de la descarga, de la eliminación de toxinas con los valses de su más popular compositor?
 
Lo mismo pasa con el chocolate, no hay nada mejor que una Mozartkugel... la sensación de comer ese chocolate que se llama Mozart es sublime... también hay cafés excéntricos con distintos licores, cremas, chocolates que se llaman Mozart, Strauss, Schubert...
 
Me pregunto si a J. Strauss le gustaría estar sonando en los baños, y qué tendrá que ver Wolfgang Amadeus con unas bolas de chocolate, pero la cosa es que esta estrategia funciona. Nunca sentí tanto bienestar, tranquilidad, placeres inesperados. Uno se siente navegando belleza en estado puro.
Esta ciudad respira arte y por lo tanto, el tiempo pierde autoridad.
 
Si el lugar donde vives te entrega toda esta experiencia sensorial dia tras dia con tan solo caminar por la calle, independientemente de cuánto acechen tus tragedias, problemas y tristezas, tus chances de ser feliz aumentan exponencialmente.
 
Noche de viernes, salimos de caminata. Llegamos a la Rathaus, que no es una casa de ratas, sino el municipio de la ciudad. Habían montado una feria parecida a las que hacen en navidad, donde se puede comprar artesanías, beber Glühwein (un vino caliente con especias, típico de esta época fría), comer salchichas y un montón de etcéteras.
 
En estas ferias se suelen juntar jóvenes a charlar, también se ven familias, citas, y gente que viene a darle un paseo a la soledad.
Nos vamos metiendo en la feria por uno de sus brazos que convergen al centro de la plaza, mirando las ingeniosas artesanías, tomando un glühwein, riendo en portugués de Brasil, como siempre, y de repente empezamos a notar que hacia el centro de la plaza hay gente moviéndose de manera extraña.... cada vez más gente moviéndose de manera extraña.... ¿qué tienen en las orejas? ¡¿auriculares?!
¿Qué hacen? ¡¿bailan?!....
¿Y aquellos al lado del escenario? ¡Los DJ!
 
¡Una silentdisko! Entregan auriculares en los que pasan la música. Hay una pista de baile en el medio de la feria. Si querés bailar con tus amigos, sólo es necesario ponerte tus auriculares y pasarla bien. Si quéres charlar en una mesita y beber un vino, también podés hacerlo sin tener que estar gritando porque hay música fuerte.
Si vivís cerca y querés dormir, no hay ningún ruido que te lo impida. Resulta un poco cómico para quien está sin auriculares, porque sólo ves a la gente moverse y de repente alguno canta o grita.
 
 
La silentdisko es como esta ciudad, una forma muy elevada de coexistencia,civilización, respeto y decencia.
Llego a casa con la levedad del vino caliente, el cansancio del baile en las piernas, pero de oídos intactos.
Voy directo a escribir esta crónica.
 
“Esta cidade meche comigo”.
Aufwiedersehen!
 
 
 

 

Marta Avellaneda

Hello Kenneth, I Mean...Kathy            

Part II - The unsettling business

 

 

Kenneth`s hopes that I would not be easily shocked alarmed me a little. I didn't really want to know the gory details of his sexual life, so I said:

Not easily, but I can be shocked sometimes.

And then he blurted out:

The fact is that I am undergoing a treatment that leads to an operation to change my sex. Now I´m at the stage where I must act as a woman for a psychological evaluation before the operation takes place. So I wanted to know if the company would support me in this process?

If anybody's mind ever goes truly blank, mine did at that time. With a stupid, patronising expression frozen on my face, I just sat there looking at him for a while until I could utter the not very enlightened words,

What do you mean?

He went on to explain that it was required of him to live as a woman in all aspects of his life for about a year, so that his doctors could determine if he was psychologically fit to have an operation that was, of course, irreversible. Since he wanted to undergo this test under normal' conditions, his intention was to keep his job, continue living in the same apartment, and see the same people.

Do you mean to say that you want to come to the office dressed in skirts and wearing make up?I asked in amazement.

Well, yes.

I must admit that, liberal minded or not, I was in total shock. Kenneth was the Head of

the Accounting Department and as such not only did he supervise a couple of people, but he

also was the face and voice of the Company for suppliers, bank officers and other outsiders.

The conversation became very involved. I was spurred by curiosity on a subject to which I had never paid close attention. Why did he think he was a woman? He didn't know, he just knew it.

Had his doctors been able to prove it scientifically?

Well, not really.

¨What about your wife? What on earth does your wife think of this?¨

Well, she's not very happy with the idea, but she's become sort of used to it because I've been dressing as a woman on weekends for quite a while.

Kenneth, your wife needs more professional help than you do.

Back to the business of his request, I tried my best at getting out of the situation graciously. So I asked him Wouldn't it be better for you to start this new life in a completely new environment, where you wouldn't have to deal with people's confusion and possible rejection?No, he didn't. He was convinced that the best way was the hard way, because that was the no doubtsway. I was well acquainted with the stubbornness that lay beneath Kenneth's soft-spoken manners, so I became blunt.

Kenneth, do you realise that you work in an office where everybody is South American except Ronald and yourself?

Yes, so?

Well, most South Americans, except maybe the people from Rio de Janeiro, are quite conservative on matters of sex and sexual roles. I don't think you would have an easy time dealing with your co-workers if you left as a man on Friday, and returned as a woman on Monday. They live and work in New York, but their cultural codes are still those they brought from their home countries. Your condition would probably be disruptive in such a small place as this.

He was unmoved, and asked that I think about it. I told him that in any event this kind of thing was not for me to decide alone, that I had to consult my boss, and also submit it for a vote of the entire staff. To me this was not only an issue of his rights being respected but also those of his co-workers, who would have to deal with the situation every day.

He left my office with a satisfied look on his face that puzzled me at the time, but that I understood very well later on. Without a minute's delay I walked right into Marcus' office. Guess what, Marcus!

Oh, no! Don't give me any more bad news today. Keep it till tomorrow.

I said that this news might be amusing if he chose to take advantage of his Cariocasense of humor. Then I told him. When I was through he looked at me for a few seconds, then he got up from his chair, threw himself on the sofa and began to wail.

Why us, why us? Why does everything happen to us? All at the same time!

It did seem as if we had been cursed. Bills to pay, no money to pay them, our shareholder in jail, Head Office too worried with other priorities to think about our problems, business going sour, INTERPOL at our door and now this. It was too much for Marcus.

When the tantrum was over, we sat down, and half laughed, half worried about Kenneth's request and how we should best deal with it.

Is he in love with a guy?, Marcus asked.

I had asked Kenneth the same thing, and he explained that this was not a question of sexual desire but of sexual identity. I had understood him, but my Brazilian Carioca friend was inclined to believe that those two things always went together. We discussed our next move, and decided that we did not want a discrimination suit brought against us at this time, though we doubted if trans-sexuality could become an issue. Besides, we wanted to act fairly towards someone who in our eyes was making a terrible and dangerous mistake. We decided to submit it to a vote, not doubting for a minute that our Latin staff would be horrified and vote nounanimously.

 

 

 

Escribe Marta Avellaneda desde Nueva York

Hello Kenneth, I Mean… Kathy

Part I - The setting

The owner of our company was in jail in Buenos Aires. The country was under a military dictatorship. It was 1980, I was twenty six years old and the Treasurer/Vice President of a small international finance company in New York. Our parent group in Argentina had recently gotten into deep trouble with the military authorities. No formal charges had been brought against its sole shareholder but he was imprisoned under an established law that allows a person to be detained for up to two years without being charged. He had been in jail now for a few months and his bank and companies had all been intervened, except for our office in New York.

The debacle of the parent group in Argentina had come at the worst of times for our small affiliate company. It had caught us in the middle of a process of expansion. We had just moved to larger offices, hired new people, and planned to pay the increased bills with an influx of capital from our parent group, which never arrived. Because of our association with the disgraced owner, our lines of credit were cut, and some of our clients had withdrawn their business. INTERPOL had paid us a polite visit only to check our affiliation to the group in Buenos Aires, ¨to see how we were doing,¨ and obviously to establish the possibility of some wrongdoing on our part. No matter how polite they were, I was very unhappy with the notion that now they had my name on file.

My boss Marcus, of Brazilian origin and I, shared the responsibility of management and now also of saving the company from being closed down. We were trying to prevent its twelve employees from being laid off. Communication with the Directors of the parent group on whom until now we had relied for instructions, had ceased abruptly after they called to inform us of the distressing news. There was a new Officer in our staff, an American who had joined us as part of our plans for expansion, having left a secure job at a bank in Boston for what at the time he believed to be a good career move.

Guilt and embarrassment prevented Marcus and I from sharing with him most of our troubles, and we tried to make his life at his new job as ‘normal’ as possible.

One evening I had just come out of one of those endless meetings with Marcus, where we had exchanged the latest news on the several economic groups that had been seized by the government together with ours. We had gone through the long list of problems that we already faced, and those we were about to face in the near future. We had discussed a variety of plans that would allow us to survive as a company on our own. The results of our meeting had not been very encouraging, and I felt depressed and tired, thinking ¨I'm too young for all this, it's all way over my head.¨ I had never wanted to work in finance. I had never been trained to be an executive. Mid American was an opportunity that had simply come my way and I had been endowed with responsibilities that exceeded my age and my expertise.

I stopped for a moment to watch from my corner office on Madison Avenue at 57th Street, the spectacular red sunset over New Jersey, hoping to find relief in beauty. While I was at it a faint knock was heard. The door was already open, and Kenneth was standing timidly at the threshold. I saw him standing there with one of those looks which conveyed that more bad news was on the way. Not feeling up to being burdened with any further distressing information, I spoke to him impatiently

“Yes, Kenneth. What is it?”  He was taken aback by my manner, which sometimes could be  brisk but never unfriendly.

“I know you are busy, and have more important things on your mind, but I wanted to let you know that whenever you have some time this week, I need to talk to you about a personal problem.”

Kenneth was my Accounting Officer and I found him rather strange. Tall, very slim, he had limp thin hair that he wore almost to his shoulders, a pale angular face and eyes that never looked straight at you but sort of shifted from side to side as if he were scared. Kenneth didn't walk, he glided softly through the rooms, so that despite the wooden floors, I could never hear him approach, but would find him by my desk, respectfully and patiently waiting for me to lift my eyes from my work and discover him. He never raised his voice, and whenever he felt nervous, which was often enough, he spoke inwardly. That made me ask frequently ‘What did you say?’ which made him even more nervous creating a vicious circle. This and the fact that he wore his nails a bit long were two things that annoyed me about Kenneth. For the rest, and in contrast to his shy attitude, he had a rather caustic, funny sense of humor and a strong will.

He was intelligent and hard working, and he knew his job.

‘A personal problem,’ I thought. ‘That could be refreshing. It will take my mind off unsolvable problems.’ So I told him to come in and talk to me.

“Now?” He said, horror-stricken.

“You said when I have time, and I have time now. Come in.”

I sat at my desk and watched him take as long as he could in closing the door and coming to sit on the chair in front of me. Then he started to stir uncomfortably, rolling his eyes from side to side, looking up at the ceiling, looking down at his hands and all the while expressing his discomfort with deep sighs. It took him a long time to frame the first phrase, and in that time my lousy mood dissolved as I concentrated on trying to figure out what could be the problem which was giving him so much pain. I had recently read an article about women supervisors and the way male subordinates relate to them.

It talked about the mother figure and the frequency with which men would discuss their most intimate problems with their female bosses.

So I thought ‘Kenneth has a problem with his wife and he needs a woman's point of view in the matter. This is a piece of cake.’

I always felt comfortable giving advice on love relationships, probably because I made such a mess of my own.

Finally, he spoke:

“I hope you have a liberal mind.”

That was definitely it; this was an intimate problem with his wife, probably involving their sex life, so I said:

“I like to believe I do.”

“Then I hope you are not easily shocked…”

To be continued. Part II will be published next Sunday 13th.

 

 

Dueña de una impresionante producción literaria, Mariana Waskievicz estrena en "Teoría magacín".

 

"Não me olhe"

 

 

 

Fim?........Não!

 

 

 

Escribe Ana Pariente, desde Sevilla

Soy madrugadora y escribo en cualquier sitio que me haga feliz, hoy en la cama.

 

Amanece y el día se llena de luz y color, Andalucía es mi lugar, yo soy del Sur.

 

Minutos de reflexión en los que se cuela una sonrisa y en lo que me pregunto qué hay detrás de ella.

 

Dicen que detrás de una sonrisa suele haber tristeza o dolor (hoy afortunadamente no es mi caso).

 

El andaluz lo sabe bien, yo le he llegado a llamar los sonidos silenciosos, la comisura de los labios se eleva,

 

formando una curva feliz,  los labios entreabiertos parece decir lo que no dice maquillando la resignación, la

 

impotencia, el hastío, la necesidad.

 

En nuestra música si expresamos nuestros sentimientos, ya se sabe que las penas son menos si se

 

cantan con alegría.

 

Maravillosa dicotomía de cómo entendemos la vida.

 

Me tomo la libertad de transcribir los bellos versos de Manuel Machado, Cantares, que con un sentido

 

popular, describe prácticamente a Andalucía.

 

Vino, sentimiento, guitarra y poesía

 

hacen los cantares de la patria mía

 

Cantares…

 

Quien dice cantares dice Andalucía.

 

A la sombra fresca de la vieja parra,

 

un mozo moreno rasguea la guitarra…

 

Cantares…

 

 

Algo que acaricia y algo que desgarra.

 

La prima que canta y el bordón que llora…

 

y el tiempo callado se va hora tras hora.

 

Cantares…

 

Son dejos fatales de la raza mora.

 

No importa la vida, que ya está perdida,

 

y, después de todo, ¿qué es eso, la vida?

 

Cantares…

 

Cantando la pena, la pena se olvida

 

Madre, pena, suerte, pena, madre, muerte,

 

ojos negros, negros y negra la suerte…

 

 

En ellos el alma del alma se vierte.

 

Catares, Cantares de la patria mía,

 

quien dice cantares dice Andalucía.

 

Cantares…

 

No tiene mas notas la guitarra mía.

 

 

Diariamente, más de ocho millones de personas viajan en el sistema de tren y metro de SPaulo.

Si cinco de cada cien pasajeros intercambian un libro, serán cuatrocientos mil títulos por día.

La totalidad de ventas del mercado español, por ejemplo.

 

 

 

Autorretrato. Lasar Segall, 1930.

Tradução: Carla Caruso-Fernando Villalba

 

EVENTO ESPECIAL

FAÇA SUA INSCRIÇÃO ONLINE

A CULTURA AFRICANA NAS AMÉRICAS

20 de Novembro de 2015 | 16h
Por Fernando Villalba

O escritor uruguaio tomará como ponto de partida seu romance El pañuelo del mago, indicado ao Prêmio Planeta Espanha, para abordar temas relacionados à cultura africana reverberados nas Américas. Alguns desses temas ligam-se à música, à literatura, à religião e às figuras de artistas afrodescendentes como Nicolás Guillén, poeta cubano, Virginia Brindis de Salas, poeta uruguaia e Rubén Rada, músico uruguaio.

 

CASA GUILHERME DE ALMEIDA
CENTRO DE ESTUDOS DE TRADUÇÃO LITERÁRIA

55 11 3673-1883 | 3803-8525 | Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
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Anexo: R. Cardoso de Almeida, 1943 | CEP 01251-001 | São Paulo | Brasil

                                                                                                                         Por Rosaly Senra

Los maragatos han sido célebres comerciantes, en especial de pescado, "desde el mar hasta los gatos’, dicen aquí, en Castrillo de Polvazares. Eso explica las "casas arrieras", con grandes puertas para el paso de carros, patios interiores que son el centro de organización de la casa, cuadras, y algunas grandes bodegas.

 

La leyenda y la historia se entremezclan como un cocido maragato, para decir que Castrillo de Polvazares fue el punto más al oeste dentro de Europa que Napoleón Bonaparte pisó.

El entonces emperador, llegó en la Nochevieja de 1808. Durmió aquí, donde intentaron matarlo. Pero lejos de eso, tuvo un romance fugaz del cual nació un hijo.

En los años siguientes, desoyendo todos los consejos cautelosos, el emperador francés  la emprendió contra los rusos, la antípoda europea de España, donde ya le estaba costando mucho sudor y sangre gobernar y mantener la ocupación. 

Quizás hasta hoy exista un Emperador por las calles de Castrillo de Polvazares.

Y los largos viajes viajes a caballo, quizás expliquen lo suculento del  Cocido maragato plato típico y famoso de toda la región de Astorga, León y en concreto de Castrillo de los Polvazares, “tierra de la Maragatería.”

 

Se sirve al revés: Primero las carnes del cocido, después las verduras, y finalmente la sopa del cocido.  Si se piensa en función de la digestión, tiene lógica.

 

La receta:

 

COCIDO MARGATO INGREDIENTES (para 4 personas):

400 gr. de garbanzos , 1 kg. de repollo.

½ kg. de morcilla de novillo, ½ kg. de lacón.

½ kg. de gallina, 4 chorizos para cocer.

150 gr. de tocino, 150 gr. de panceta.

4 manitas de cerdo,  ½ kg. de oreja, careta y morro de cerdo.

½ kg. de costilla de cerdo.

Natillas al caramelo con manteada de Astorga.

PARA EL RELLENO:

Un poco de morcillo, tocino, ajo, perejil, pan rallado y huevos.

 

PREPARACIÓN DEL COCIDO MARAGATO:

Ponga en remojo los garbanzos con un poco de sal durante doce horas. Pasado ese tiempo, cuezalos en una olla con abundante agua junto con toda la carne, a excepción del chorizo. Una vez cocido todo, saque la carne y déjela enfriar para poder trocearla.

En otra olla con agua hirviendo se echa el ropollo y el chorizo y se cuecen durante treinta minutos.

Para hacer el relleno, pique un poco de morcillo y tocino, añada unos huevos, el ajo, el perejil y el pan rallado. Prepare unas albóndigas y fríalas con abundante aceite. Como truco, se pueden cocer en el caldo del cocido maragato justo antes de servir.

A la hora de emplatar se sirven primeramente las carnes del cocido, después los garbanzos y el repollo, regado con un refrito de aceite, ajo y pimiento, y por último la sopa hecha con el caldo del cocido maragato y fideos finos.

Para rematar sirva las natillas.

Suficientes calorías para seguir por el camino de Santiago, ¿verdad?

 

Rosaly Senra, Programa Universo Literario, Universidad Federal de Minas Gerais. www.quitandasdeminas.blogspot.com    

 
 
 
 

 

Forja

Con clavos de luz se sujeta el cielo

y otros asuntos de importancia, según se cuenta:

semáforos, ojos,

la noche en crucigrama

de los edificios.

 

Habrá que pedir a los gitanos

continuar con la forja.

 

  Sólo el ángel temporal

  les conoce los brazos azules,

  las camisas al vuelo

  de posibles amantes.                                                        

 

  Y el aire ya no espera,

  se retuerce en remolino

  en galopes de caballo,

  en sudores de crin y    

       hierbabuena.

 

  En lluvias veraniegas 

  de nieve

  y otros beneficios.

 

 

  Sólo el ángel templado

  del acero

  les sirve de zapatos.

 

Inminentes ladrones

 hurgan desde el cielo.

Y el aire se enrarece

con las púas de los coches.

 

Y vuelos al ras de garzas blancas

llevan el día, la jornada usada

a sitios del oeste

donde más necesitan.

 

  El peso indomable

  de la polución

  descuelga los broches y las nubes                   

  sueltan las melenas.

 

Una ranura eléctrica

ata el instante al suelo.

Sólo así descarga

sólo así rezonga

Dios.

 

Habrá que abstenerse

de robar.

 

  Fernando Villalba Primer premio concurso María Eloisa Garcia Lorca 2014, 

  Unión de Escritores de España.  

 

 

Rosedal


De cemento y Haroldo,
                                                        el Arca.
Mordida de tiempo, 
                                                      el Arca.
Vientre de madre,
salas, aires de templo
                                                       el Arca.

Y la lluvia no para.

 

Fernando Villalba

 

Poema ganador en el concurso de poesía "E por falar em casa das Rosas".

LOS DIEZ POEMAS GANADORES PUEDEN VERSE AQUI

 

Podofilia

Eran sus zapatos preferidos. Pero temía usarlos. Tacones altos, aguja.

Le dejaban los pies esbeltos como ningún otro par. Pero estos no la incomodaban. No dolían.
Por el contrario, usarlos le hacía subir por las piernas un bienestar sin descripción que terminaba difundiéndole cosquillas por el pubis.
-  Me inquietan - decía.
Preguntó en la zapatería donde los compró.
- Nada de especial – dijo el empleado, - salvo que la plantilla está hecha con cuero de testículos de toro. Semental.

 

Fernando F Villalba

 

Memento

Enorme, caza hombres. De los blancos. El tiburón se hizo una sombra más del velero. Nos seguía, quizás a la espera del cansancio de la presa. Insonoro, era un pinchazo a nuestra alegría por ir ganando la regata.
Devoraba la cloaca, basura y cualquier descuido capaz de caer al mar.
- Es nuestro “Memento mori”- bromeábamos.
La ola gigante nos arrasó. Barrió casi toda la tripulación de la cubierta.
Sólo el capitán y yo sobrevivimos. Semanas y el rescate no venía.
Racionamos los víveres con el rigor del avaro. Se acabaron.
- “Robinson y Viernes a la deriva”, decíamos con el escualo mordisqueando la punta del mástil partido. Cebado, antropófago consumado, se puso más amenazante.

Lo pescamos. Lo saboreamos fileteado. Todavía tenía un poco del vino de los primeros días. Y del perfume francés de Jean, tripulante perdido.
Lástima, también sabía al desodorante ambiental del retrete.
Lo último que nos comimos fue la aleta dorsal. Potente, afrodisíaca.
Suerte, justo enseguida llegó el rescate.

Fernando F Villalba

 

Movimiento

Se dio cuenta por los barcos. Como siempre, fue a desperezarse mirando la bahía. Aspirante a poeta, decía:
- Para eso vivo aquí. Piso dieciocho, vista al muelle. Al canal del puerto. Quiero que cada día me recuerde lo que es: un viaje. 
El cursor universal hizo “clic” en la bruma. La disolvió.

Aunque raro, el paisaje que ve no llega a sorprenderlo. Todas naves escoradas, algunas cañoneadas. “Flotan en milagro”, piensa. Perecidas en incendios, o sometidas a la digestión férrica de la corrosión. 
Toma el catalejo: no son barcos abandonados. Hombres tristes aún los pilotean. Se ven resignados a su propia oxidación. A una deriva eterna. Estática.

- Aquel es el Graf Spee ya evacuado. En el momento antes, en el lugar exacto del estallido.

Mira las calles, la gente. Todo quieto, como en su apartamento. Nada ni nadie se desplaza. Contiene la respiración. No porque quiere. Le sucede. 
Pronto ni reciben la gracia del movimiento.

“Entonces, era así”, alcanza a pensar.

Fernando F. Villalba

                    

 

Molestia

Desperté. Me despertaste. No me molestan, por el contrario,
benditos sean tus ronquidos.

 Te confirman con vida.
Y en mi cama.

                              Fernando F. Villalba

 

  

 
       
 Devoción

El picaporte giraba. Izquierda, derecha. Ruidos a metal sin resultados. Parecía no ser una puerta funcional, sino la de un templo falso, parte de un frente de utilería hecho para la burla con cámara oculta. Hollywoodiano.
Insistí. Precisaba entrar. Había visto el folleto, el programa en la TV.
Estaba claro: el Pastor era el único ser capaz de lidiar con ciertos pensamientos que me ocupaban por entero la cabeza. Solo él podría espantarlos, expulsarlos para siempre. Exorcizarme.

Apoyé la espalda contra la puerta muerta. Tomaba impulso para irme cuando la cerradura soltó un “Mmmmmmm” eléctrico. Se abrió. Casi caigo para atrás.

Entré. Tres hombres de mal ver y peor mirar me esperaban. 
El portazo automático sonó a mis espaldas, como una cachetada.
- Vengo a la Congregación del Milagro Express. Vi el anuncio en el diario, y el oficio en la televisión – alcancé a decir.

Minutos, nada más y ya suplicaba. Arrodillado, venda en los ojos. Sin billetera, celular ni lentes de sol. Hasta los chicles me sacaron. El caño frío del revólver estampaba circulitos en mi frente. Amenazaban, a viva voz, con “limpiarme”. 
“Estos pastores sí, van rápido”, pensaba.

Fernando Fabio Villalba

              Sol

La tarde pasaba por la puerta de tu casa a dos grados bajo cero.

Nadie.

Saliste, me acerqué. Te asustaste. Estoy acostumbrado.

Esperaste quieta y fui feliz: tu cara enrojeció y yo era el sol.

Si hubiera tenido un sombrero de cowboy, te hubiera saludado a lo John Wayne, levantándolo un poco con la punta del revólver.

Pero sólo llevo bufandas. Aprietan, me deforman la cara. Cosas de la profesión. Bajé el arma, la guardé.

Me fui.

Fernando Fabio Villalba