microrrelatos

 

Podofilia

Eran sus zapatos preferidos. Pero temía usarlos. Tacones altos, aguja.

Le dejaban los pies esbeltos como ningún otro par. Pero estos no la incomodaban. No dolían.
Por el contrario, usarlos le hacía subir por las piernas un bienestar sin descripción que terminaba difundiéndole cosquillas por el pubis.
-  Me inquietan - decía.
Preguntó en la zapatería donde los compró.
- Nada de especial – dijo el empleado, - salvo que la plantilla está hecha con cuero de testículos de toro. Semental.

 

Fernando F Villalba

 

Memento

Enorme, caza hombres. De los blancos. El tiburón se hizo una sombra más del velero. Nos seguía, quizás a la espera del cansancio de la presa. Insonoro, era un pinchazo a nuestra alegría por ir ganando la regata.
Devoraba la cloaca, basura y cualquier descuido capaz de caer al mar.
- Es nuestro “Memento mori”- bromeábamos.
La ola gigante nos arrasó. Barrió casi toda la tripulación de la cubierta.
Sólo el capitán y yo sobrevivimos. Semanas y el rescate no venía.
Racionamos los víveres con el rigor del avaro. Se acabaron.
- “Robinson y Viernes a la deriva”, decíamos con el escualo mordisqueando la punta del mástil partido. Cebado, antropófago consumado, se puso más amenazante.

Lo pescamos. Lo saboreamos fileteado. Todavía tenía un poco del vino de los primeros días. Y del perfume francés de Jean, tripulante perdido.
Lástima, también sabía al desodorante ambiental del retrete.
Lo último que nos comimos fue la aleta dorsal. Potente, afrodisíaca.
Suerte, justo enseguida llegó el rescate.

Fernando F Villalba

 

Movimiento

Se dio cuenta por los barcos. Como siempre, fue a desperezarse mirando la bahía. Aspirante a poeta, decía:
- Para eso vivo aquí. Piso dieciocho, vista al muelle. Al canal del puerto. Quiero que cada día me recuerde lo que es: un viaje. 
El cursor universal hizo “clic” en la bruma. La disolvió.

Aunque raro, el paisaje que ve no llega a sorprenderlo. Todas naves escoradas, algunas cañoneadas. “Flotan en milagro”, piensa. Perecidas en incendios, o sometidas a la digestión férrica de la corrosión. 
Toma el catalejo: no son barcos abandonados. Hombres tristes aún los pilotean. Se ven resignados a su propia oxidación. A una deriva eterna. Estática.

- Aquel es el Graf Spee ya evacuado. En el momento antes, en el lugar exacto del estallido.

Mira las calles, la gente. Todo quieto, como en su apartamento. Nada ni nadie se desplaza. Contiene la respiración. No porque quiere. Le sucede. 
Pronto ni reciben la gracia del movimiento.

“Entonces, era así”, alcanza a pensar.

Fernando F. Villalba

                    

 

Molestia

Desperté. Me despertaste. No me molestan, por el contrario,
benditos sean tus ronquidos.

 Te confirman con vida.
Y en mi cama.

                              Fernando F. Villalba

 

  

 
       
 Devoción

El picaporte giraba. Izquierda, derecha. Ruidos a metal sin resultados. Parecía no ser una puerta funcional, sino la de un templo falso, parte de un frente de utilería hecho para la burla con cámara oculta. Hollywoodiano.
Insistí. Precisaba entrar. Había visto el folleto, el programa en la TV.
Estaba claro: el Pastor era el único ser capaz de lidiar con ciertos pensamientos que me ocupaban por entero la cabeza. Solo él podría espantarlos, expulsarlos para siempre. Exorcizarme.

Apoyé la espalda contra la puerta muerta. Tomaba impulso para irme cuando la cerradura soltó un “Mmmmmmm” eléctrico. Se abrió. Casi caigo para atrás.

Entré. Tres hombres de mal ver y peor mirar me esperaban. 
El portazo automático sonó a mis espaldas, como una cachetada.
- Vengo a la Congregación del Milagro Express. Vi el anuncio en el diario, y el oficio en la televisión – alcancé a decir.

Minutos, nada más y ya suplicaba. Arrodillado, venda en los ojos. Sin billetera, celular ni lentes de sol. Hasta los chicles me sacaron. El caño frío del revólver estampaba circulitos en mi frente. Amenazaban, a viva voz, con “limpiarme”. 
“Estos pastores sí, van rápido”, pensaba.

Fernando Fabio Villalba

              Sol

La tarde pasaba por la puerta de tu casa a dos grados bajo cero.

Nadie.

Saliste, me acerqué. Te asustaste. Estoy acostumbrado.

Esperaste quieta y fui feliz: tu cara enrojeció y yo era el sol.

Si hubiera tenido un sombrero de cowboy, te hubiera saludado a lo John Wayne, levantándolo un poco con la punta del revólver.

Pero sólo llevo bufandas. Aprietan, me deforman la cara. Cosas de la profesión. Bajé el arma, la guardé.

Me fui.

Fernando Fabio Villalba