Una experiencia elegante

                                                                                                                                                              Escribe Koralina Hübner, desde Viena       

Caminar sin intenciones la noche vienesa, es una experiencia elegante; uno coexiste con Mozart, Freud, Klimt, Strauss, Beethoven, Schönberg, en cierta atmósfera especial que se respira... Misticismo?...puede ser.
Todos están y no están muertos.
 
Los vieneses se encargan de recordártelo una y otra vez: si estás apretado, podés ir al baño de la estación de metro mas céntrica de Viena (Karlsplatz), y mientras el cuerpo afloja, se da lugar al alma escuchando los valses de Johan Strauss.
¿Lo harán a propósito? ¿Estarán buscando que tu cerebro asocie el placer de la descarga, de la eliminación de toxinas con los valses de su más popular compositor?
 
Lo mismo pasa con el chocolate, no hay nada mejor que una Mozartkugel... la sensación de comer ese chocolate que se llama Mozart es sublime... también hay cafés excéntricos con distintos licores, cremas, chocolates que se llaman Mozart, Strauss, Schubert...
 
Me pregunto si a J. Strauss le gustaría estar sonando en los baños, y qué tendrá que ver Wolfgang Amadeus con unas bolas de chocolate, pero la cosa es que esta estrategia funciona. Nunca sentí tanto bienestar, tranquilidad, placeres inesperados. Uno se siente navegando belleza en estado puro.
Esta ciudad respira arte y por lo tanto, el tiempo pierde autoridad.
 
Si el lugar donde vives te entrega toda esta experiencia sensorial dia tras dia con tan solo caminar por la calle, independientemente de cuánto acechen tus tragedias, problemas y tristezas, tus chances de ser feliz aumentan exponencialmente.
 
Noche de viernes, salimos de caminata. Llegamos a la Rathaus, que no es una casa de ratas, sino el municipio de la ciudad. Habían montado una feria parecida a las que hacen en navidad, donde se puede comprar artesanías, beber Glühwein (un vino caliente con especias, típico de esta época fría), comer salchichas y un montón de etcéteras.
 
En estas ferias se suelen juntar jóvenes a charlar, también se ven familias, citas, y gente que viene a darle un paseo a la soledad.
Nos vamos metiendo en la feria por uno de sus brazos que convergen al centro de la plaza, mirando las ingeniosas artesanías, tomando un glühwein, riendo en portugués de Brasil, como siempre, y de repente empezamos a notar que hacia el centro de la plaza hay gente moviéndose de manera extraña.... cada vez más gente moviéndose de manera extraña.... ¿qué tienen en las orejas? ¡¿auriculares?!
¿Qué hacen? ¡¿bailan?!....
¿Y aquellos al lado del escenario? ¡Los DJ!
 
¡Una silentdisko! Entregan auriculares en los que pasan la música. Hay una pista de baile en el medio de la feria. Si querés bailar con tus amigos, sólo es necesario ponerte tus auriculares y pasarla bien. Si quéres charlar en una mesita y beber un vino, también podés hacerlo sin tener que estar gritando porque hay música fuerte.
Si vivís cerca y querés dormir, no hay ningún ruido que te lo impida. Resulta un poco cómico para quien está sin auriculares, porque sólo ves a la gente moverse y de repente alguno canta o grita.
 
 
La silentdisko es como esta ciudad, una forma muy elevada de coexistencia,civilización, respeto y decencia.
Llego a casa con la levedad del vino caliente, el cansancio del baile en las piernas, pero de oídos intactos.
Voy directo a escribir esta crónica.
 
“Esta cidade meche comigo”.
Aufwiedersehen!