El pañuelo de el Mago

 

Capítulo 1 :Viejo rincón

—Nada es para nosotros —repetía Josefino Duarte, mi abuelo.

«Dice eso por haber sido esclavo, pero yo nunca lo fui», pensaba yo, callado. Hablar me hubiera costado como mínimo un diente y la boca hinchada por varios días. Eso, sin contar las burlas que me harían mis compañeros de trabajo, los otros voceadores de diarios. Niños que, como yo, habíamos pasado a ser mayores sin pasos intermedios. No pudimos darnos el lujo de jugar. Trabajábamos desde que la memoria empezó a decirnos que algo estaba pasando. Otra cosa no se me ocurría hacer. Tampoco hubiera podido.

El Viejo aplastaba cualquier esperanza que pudiera brotar.

—Trabajar, y trabajar como un hombre —me aleccionaba.

Yo afirmaba con la cabeza, pero en secreto sabía que mi vida iba a ser diferente.

Veía cosas.

Casi siempre en los momentos previos a despertarme, pero a veces también al dormirme. Mucho antes de que llegara doña Elvira yo sabía que vendría. Aunque vivía solo con el Viejo, de vez en cuando veía una gorda en el cuarto, durmiendo exactamente donde durmió hasta el final.

El día en que mi abuelo llegó con ella y los dos atados de ropa que constituían todas sus posesiones, el Viejo se limitó a decir:

—Esta es doña Elvira, se queda con nosotros.

La presentación fue tan escasa como innecesaria. Yo ya le conocía hasta los barullos nocturnos.

A veces me parecía no tener cuerpo: flotaba en el aire dentro de una nave grande, un gran barco o algo así, pero en vez de agua, navegaba sobre nubes. El mundo se veía abajo, muy abajo, lejano y azul.

 

Otra visión que aparecía a menudo era la de un estadio agitado por banderas uruguayas. El griterío me inundaba los oídos. Las tribunas rugían. Un equipo de camiseta celeste le daba la vuelta a la cancha. Ese fogonazo de futuro me dio a probar un bocado de alegría.

Era dulce.

Hasta los once años no le conocí otra sustancia a la vida que no fuera sacrificio. Mi mundo estaba pautado por una rutina de relojería: el madrugón siete veces a la semana, la meada en el agujero del retrete, la pasada por la cocina en busca del mate cocido de doña Elvira. Casi siempre había. Pero lo bueno pasa desapercibido y es lo malo lo que mejor se graba. El fuego del dolor parece ser más efectivo. Yo recuerdo más el amargor de los días en que me iba solamente con el beso en la cabeza que el sabor de la infusión hecha de yerba mate y leche.

—Hoy no se pudo, m’hijo. —Y la negraza me apretaba contra el pecho como para darme de mamar.

Salía hacia la plaza con el rostro húmedo por el calor del abrazo, el estómago retorciéndose en busca de lo que no había.

Dolía.

Por aquella época solo sabía que don Duarte era mi abuelo, que doña Elvira cuidaba de él y un poco de mí y que los tres éramos morenos, o morochos como se llamaba en aquel entonces a los negros. No tenía, ni me interesaba tener otros datos sobre mi origen. Nadie nunca mencionó nada. En la plaza recogía el mazo de periódicos que me colgaba del cuello con unas correas de cuero. Pesaba. Dejaba marcas en la piel.

Dolía.

Pero cuando el dolor es lo único que se conoce, casi ni se siente.

El mayorista nos leía los tres titulares más destacados. Uno de política y uno de fútbol para los hombres. El más quemante de la sección social para las clientas. Repitiéndolos a los gritos salía a recorrer mi zona. Primero la avenida principal, para luego doblar hacia la rambla y por fin volver hacia el puerto a devolver los periódicos sobrantes, entregar el dinero al mayorista, y retornar con la paga en el bolsillo al conventillo donde vivíamos.

Doña Elvira abría las piernas en cuanto me veía. La falda de su único vestido se tensaba para recibir la totalidad de las monedas que yo arrojaba al pasar. Las contaba en el aire. Tenía ese don. Si faltaba alguna la reclamaba en el acto. Sin mediar palabra extendía el brazo. Yo sentía mi cuerpo colgar de la oreja atrapada en aquella manaza hecha una pinza de acero. No soltaba hasta que aparecían las monedas que faltaban.

Los retretes se limpiaban poco en el conventillo. Siempre fui sensible al olor. No me atreví nunca a quejarme. Duarte, mi abuelo, me hubiera propinado unos golpes, pero eso no me atemorizaba tanto como su arma más letal: el sermón. Que la esclavitud sí que había sido pesada. ¿Y el sitio de la ciudad? Yo no sabía lo que era el miedo. La guerra. Y vuelta otra vez a mostrar la cicatriz de la que a veces yo deseaba no se hubiera curado. No era ingenuidad. No era que yo ignorase que de no haber sobrevivido él yo no existiría, sino exactamente lo contrario. Doña Elvira me mandaba enseguida por el pedido del almacén. Compraba fiado.

—Nada de dinero —gritaba el Viejo cuando me veía salir con la bolsa de las compras. Me expresaba desconfianza como si no fuera yo el que lo ganaba.

—Tiene derechos sobre vos, sos menor de edad —me decía el mayorista cada vez que le preguntaba si podía guardarme algo.

—Es que soy su nieto, no su esclavo —protestaba yo.

O sea que apenas había vuelto de caminar toda la mañana, que tenía que salir otra vez, casi siempre hincando el diente en un pan duro. Don Daniel, el almacenero, anotaba lo comprado en una libreta de hojas marrones que se iban pegoteando a medida que avanzaba el mes. Cuando su mujer estaba distraída me pasaba algún dulce por el costado del mostrador. Sin necesidad de acuerdo previo, yo entendía que tenía que ser sigiloso. Enfundaba lo que me daba en los bolsillos para comerlo afuera del almacén. Don Daniel era diferente a los de la pulpería Zabala, que siempre me atendían último. Sabía mi nombre. Gallego de Padrón, dotado de un carácter análogo al de los pimientos de su pueblo natal: suaves en su mayoría, pero cuando les da por picar no hay agua que los aplaque.

Me volvía con la compra al conventillo a engullir el mismo guiso de todos los días.

—Despacio, que te va a hacer mal —decía doña Elvira.

—¡Siempre apurado por irse a jugar a la calle! Yo a su edad… —comenzaba el Viejo, lo que me hacía tragar pedazos enteros sin masticar con tal de salir de todas aquellas palabras. De aquel olor.

Demoraba en volver. Hacía tiempo en los zaguanes de al lado hablando con mi amigo, el pelado Raúl. Respirábamos calle y griterío, como vendiendo diarios por la mañana. Pero cualquier cosa era preferible a los sermones del Viejo.

El Pelado tenía más o menos mi edad. Trabajaba y no iba a la escuela. Yo lo hacía por ser solo en mi hogar. Él, porque eran demasiados: ocho hermanos y vendrían más. Todos estaban rapados para mantener a raya a los piojos. Ocupaban tres cuartos del conventillo, pero vivían afuera, en la calle. ¡Cómo quería ser uno de ellos! Tenían pelotas de trapo, padre y una madre que reía. Era tan bonita que ni la corrosión de la pobreza parecía afectarla. No recuerdo haberla visto sin un niño en brazos. No recuerdo haberla visto triste. Apenas hablaban el castellano. Eran, ella y el marido, italianos.

Siempre que podía, iba de visita al Taller de Arte, una casa colorida llena de gente que parecía pertenecer a otra naturaleza. Para ir, mi valentía tenía que estar en alta. No es que tuviera miedo del lugar, sino por lo que podría pasarme si el Viejo se enteraba.

Una vez me encontró un dibujo que me habían regalado «los locos del Taller» como los llamaba el Pelado. En cuanto llegué aquel día, doña Elvira juntó ropa en la palangana. Se fue a lavar sin mayores preparativos. Mala señal. Nos dejaba solos. En el centro de la mesa yacía el dibujo. Lo miré. Se veía igual, ajeno a la tormenta que se avecinaba. Un poco pálido quizás. El Viejo lo agarró. Me lo mostró de la misma forma que yo exhibía la primera página del diario a los clientes. Se preparaba para el ataque. Lo sabía por cómo se movía. Por cómo miraba. Intenté evitar lo irremediable:

—Lindo, ¿verdad?, es un regalo que me hizo un cliente. Después se la iba a mostrar a usted.

Era una lámina rojinegra dividida en rectángulos, cada uno con figuras diferentes: soles con rostro, hombres hechos de triángulos, barquitos encerrados en cubículos.

—No luché una guerra para que un mocoso venga y se burle de mí. ¿De dónde sacó esto? —Y sacudía el papel como si quisiera hacerlo sonar.

—Ya le dije, unos clientes que se dedican a pintar…

—¡Sé perfectamente quiénes son! Anarquistas, un peligro peor que la peste, gente inútil que quiere sacarnos todo. ¡Todo! ¡Y tú juntándote con esa gentuza!

Intentaba despistar, pero yo sabía que no era eso lo que lo preocupaba. Los del Taller me instaban a exigir mis derechos. A defenderme. A que aprendiera a leer, a escribir. A dibujar ya me enseñaban ellos. El abuelo podía estar viejo, pero tenía intacto el instinto de alimaña. Detectaba enseguida la gente que podía ayudarme. Los alejaba.

—¡Lo que le faltaba! ¡Juntarse con maricones!

—Señor, ya le dije que son clientes, gente buena…

Los golpes engulleron mi defensa. Fijé la vista en el sol sonriente de la pintura hasta que tuve que hacerme un ovillo para protegerme las partes más vulnerables. Quedé tirado en el suelo, el cuerpo molido a trompadas. Pero lo que más me dolió fue que hubiera roto el dibujo. El Pintor lo había hecho para mí.

Cuando el Viejo salió, recogí el pedacito donde me había retratado. Estaba intacto: un hombrecito negro con una estrella roja en la mano. Pintó otra igual pero blanca en el cielo oscuro, justo encima de mi hombro angular. Recorté la imagen. Quedó bien. Pasó a ser mi carné de identidad. De sobrevivencia.

En fin, pasaba mis tardes con el Pelado o aprendiendo a escondidas en el Taller de Arte. Cuando oscurecía, volvía al cuarto a los rituales finales: ayudar a higienizar al Viejo, engullir las sobras de las sobras del almuerzo y al piso a dormir. Duarte y Elvira tenían dos catres. Otro no hubiera entrado.

Me gustaban las noches de tormenta. Parecía que todo estallaría. Pasaba horas viendo los relámpagos. Muchas veces soñaba con ellos. También despierto veía luces. Llegaban solas, sin el estruendo del trueno. Me traían fotogramas de futuros que imaginaba. Eran vidas mejores. Lo sabía por los sabores que adquiría mi saliva. La certeza de que tarde o temprano habría una explosión final de todo aquello me hacía retomar el sueño.

Capítulo 2: Noche de Reyes

Aquel día vi la muerte por primera vez. Fue un cinco de enero. Me acuerdo de la fecha porque era víspera de Reyes Magos. El Pelado y sus hermanos dejaban cada uno un zapato en el pasillo, que, según me explicaron, los Reyes rellenaban año a año con dulces, alguna ropita y hasta una vez una pelota. Usada, pero una pelota de verdad.

El Viejo me vio sacar la zapatilla del cajoncito de verduras donde guardaba mi ropa y salir para dejarla en el corredor. Me incliné y cuando levanté la cabeza él estaba en el umbral, pronto para crucificarme con los clavos de siempre:

—¡Nada es para nosotros! ¡Levantá eso enseguida!

Me agaché con la mirada ya borrosa. Apreté el calzado tan fuerte que crujió. Me incorporé. Una fuerza bestial me brotaba del nudo que se me había hecho en la garganta. Me di vuelta brazo en alto. Buscaba el rostro del Viejo para descargarle la furia con la zapatilla.

Pero algo que me paralizó: un enorme cuervo estaba posado en el hombro del abuelo. Era más negro que el Viejo. El ave me miraba de costado con un ojo, movía la cabeza de un lado a otro. Negaba. Enseguida supe quién era. O más bien lo que era. Me quedé quieto. Le debo una a la muerte. Me salvó de un posible arresto. De una golpiza brutal, seguro. También de acarrear una culpa toda la vida. Es cierto que pegarle a un niño es cobardía, pero seguro que darle zapatillazos a un muerto también lo es.

Pasaron meses. El anuncio se hizo efectivo ya entrado el invierno más duro que recuerdo. El desgaste al que me sometía la rutina había hecho que me olvidara de la predicción del ave negra. Lo que parecía una madrugada más resultó ser el día en que el mundo se detuvo por un instante. Enseguida volvió a girar, pero en el sentido opuesto.

Algunos acostumbrábamos ir temprano a recoger los diarios, para no tener que hacer cola más tarde. Encendíamos un fueguito por la plaza para entrar en calor. Nos contábamos historias. Pasaban grupos de las parrandas nocturnas. Nos regalaban bebidas. Recuerdo un cantor de apellido Medina que improvisaba para nosotros.

En fin, esa vez seríamos una docena de canillitas (así se llamaba a los vendedores de periódicos) que esperábamos alrededor del fuego. La noche iba cediendo lentamente terreno a la claridad. Bromeábamos entre nosotros cuando los vimos venir. Trajeados con el rigor lustroso de los artistas, uno traía una guitarra en la mano. Al otro no lo podía ver. Le sentía los pasos, sabía que había alguien allí, pero si miraba me encandilaba.

—Pibes, ¿quieren escuchar unas canciones?

—Dele nomás, jefe —respondió el Pelado.

El flaco de la guitarra esbozó una introducción. El cantor empezó a entonar algo con lo que yo había soñado. Solo entonces le pude ver la estampa. Algo regordete, peinado a la gomina, compadrito. La luz que me cegaba se había trasladado. Le destellaba delante de la boca. Se me antojaba el lanzafuego que había visto desfilar con un circo. Pero la llama del cantor era diferente, más azulada. «Un ser de otro mundo», pensé.

Agradecían nuestros aplausos como si proviniesen del palco oficial del Teatro Solís. Cuando el sol despuntó sobre el río se dispusieron a irse. Un colega les preguntó los nombres.

—¿Y ustedes, cómo se llaman? —replicó el cantor.

Cuando llegó mi turno balbuceé:

—Victorino, pero me dicen el Morocho.

—Qué casualidad, igual que a mí. Soy Carlos Gardel —me dijo, y sacó el pañuelo blanco que le adornaba el bolsillo superior del saco.

Lo desplegó con un movimiento de prestidigitador. Me lo dio. Yo pasaba los inviernos con la nariz siempre congestionada. Me limpié y se lo ofrecí de vuelta.

—Quedátelo, pibe.

Hasta el día de hoy anidó en mi bolsillo.

—Se retiran el Morocho y el Oriental —dijo el guitarrista.