La sonrisa de Dios

- Todo va a salir bien. Acá te estoy esperando - prometo, y se llevan la sonrisa brasileña de mi amada hacia el quirófano. Bendita sea, hasta en un momento así, rasgado, hay toques de alegría en su rostro. Aún en medio de la entrega al traumatismo calculado, del salto al abismo anestésico, me da un apretón de manos de consuelo. El camillero la empuja entre bromas y risas de distracción.

“Es un alma pura”, pienso advertirle, pero callo.

El alma no es lo que estará esta tarde sobre la mesa de apuestas.

La veo de lejos, a través del ojo de la puerta vaivén.

Mitad reina, mitad niña perpetua, la envuelven en agujas y aparatos.

- Son más de tres horas de cirugía - anuncia una enfermera, - Mejor se va a almorzar, señor.

Debo estar hambriento, pero ni lo tengo en cuenta. Hice el ayuno de doce horas con ella.

¿Sala de espera? Imposible. Tiene razón la enfermera, mejor almuerzo. Aquí, en el Hospital.

- Restaurante - le pido a la ascensorista. Parece algo contrariada. Llego y el local sofoca, es de techo bajo, piso alto. Está casi vacío, sólo en una mesa dos personas comen espaguetis.

- ¿Es tarde para almorzar?

La empleada ni se digna en responder, me señala un menú. Esta vez, descensor.

- Planta baja - pido. Se detiene en el piso siete.

- Aquí es la salida.

- Pero dice piso siete. ¿Me tengo que tirar en paracaídas? - intento bromear.

- Es el nivel de la calle, señor.

Considerando que hay que sumar dos pisos de garaje, la mente se me va hacia los nueve círculos del Dante y lo peligrosamente cerca que los tiene este hospital.

Salgo a la calle.

No recuerdo más nada. Sé hacia dónde fui, y por eso deduzco que salí a la Rúa Peixoto Gomide, subí la ladera, caminé por la Avenida Paulista peatonal de domingo, entré en un centro comercial y me puse en la fila de un restaurante de comida rápida japonesa.

Allí estoy cuando el muchacho que tengo delante me mira y se hace a un lado.

- Vaya usted primero, señor.

- No tengo apuro, puedo esperar - lo dejo en falsa escuadra. Insiste:

- Es que todavía no nos decidimos - mira un menú mientras aparta a la joven que lo acompaña, que ya estaba en la caja. Pido el plato, son pre establecidos, dos temaki cuatro piezas de sushi y dos arrollados California calientes.

- ¿Qué va a tomar, señor? - me sonríe Kleidy, según consta en la identificación de la cajera. Mulata, muy jovencita, no debe pasar los dieciséis años.

- Coca Cola - voy pagando.

- ¿Cuáles son sus preferidos?

- ¿Cómo? - no la entiendo.

- Le preguntaba cuáles son sus bocados preferidos de nuestro menú.

- Los arrollados California - debe ser para alguna estadística. Estas mega ciudades están siempre saturadas en marketing. Raro, no anota nada. Me quedo parado junto a los que esperan .

- Siéntese en una mesa, señor. Yo le llevo la bandeja cuando esté pronto - se me acerca Kleidy. Trae la Coca Cola. Debe ser por haber pedido arrollados calientes, lo mío va a demorar más. Porque no veo servir en la mesa a nadie. Todos aguardan de pie, como es costumbre.

Pasan minutos y, para mi sorpresa, veo que los otros clientes también reciben platos calientes.

En eso aparece Kleidy, puro sonrisa y bandeja colorida. Algas temaki, verde wasabi, rojo salmón, arroz de blanco absoluto.

- Le traigo dos arrollados California de cortesía - me anuncia para más sorpresa. Me sirve la Coca Cola en el vaso, y esto tampoco es usual. Se va. Todo muy raro.

Me miro: tengo la identificación de acompañante del hospital pegada a la camisa. ¡Y estoy llorando!

Me atraganto en vergüenza. Enseguida uso técnicas para entrar en calma, inspiro por nariz. Expiro por boca. Traigo pensamientos consolantes, “Vergüenza es robar, no llorar”, y esas frases que no por tontas dejan de ayudar.

Seguro vengo en modo “papelón” desde el ascensor del hospital. Caminé casi un kilómetro, entré en el centro comercial a puro lagrimeo.

Todo explicado, el espanto de la moza del restaurante hospitalario. De la ascensorista, de la pareja que me dejó pasar primero.

Las atenciones de Kleidy.

El celular hierve en gente preguntando. Queriendo saber. Respondo los más urgentes.

Miro el reloj y ¡Ya van dos horas! Alguien llama. Número desconocido.

- Hola Fernando, soy Omar. Ya está, todo salió tan bien que terminamos antes...- y el cirujano pretende seguir explicando.

- ¡Puedo llegar al hospital en cinco minutos! - ya corro hacia allá.

 

Me recibe todavía con atuendo quirúrgico, rebosando alegría:

- Excelente operación. El robot ayudó bastante - y sigue con una serie de detalles minuciosos y técnicos. El resplandor vocacional del Doctor El Hayek va entibiándome. Orgulloso, por momentos se me hace un sabio. Por momentos, hechicero. La felicidad con la que disfruta la cura de la paciente es más contagiosa que cualquier infección hospitalaria.

El día siguiente, ya de cielo escampado, vuelvo al restaurante japonés:

- ¿Está Kleidy? - reconozco al gerente del día anterior.

- Trabaja sólo los fines de semana. Vive en Osasco, le lleva dos horas llegar acá.

- Quería hablar con ella. Agradecerle lo bien que me atendió ayer. También le agradezco a la empresa los arrollados extra que me dio.

- No fue la empresa. Ella los pagó.

Me hago todo el cuadro, muchacha del suburbio con un sueldo paupérrimo, alto costo de transporte, y encima gastando en mí de lo poquito que ganó sacrificando el Domingo.

- ¿Me haría el favor de llamarla al celular?

- Claro - disca y nada,

- No atiende. A esta hora está en el templo. Va todos los días, es evangélica.

Me la imagino dando el diez por ciento del sueldo al furor monetario de los “pastores” de TV.

 

En eso ella devuelve la llamada. El gerente me pasa el teléfono. Primero sólo le agradezco. Después, no resisto:

- Ah, Kleidy, quería decirte que no precisas tanto templo, tanto intermediario con las Alturas.

-¿...?

- Porque vos, Kleidy, vos sos la sonrisa de Dios.