¿A puertas cerradas?

 

Escribe Koralina Hübner

Recién mudados a Viena y sin nada en nuestra nueva casa salimos a comprar esas cosas básicas para el día a día que definen a la raza humana como los seres racionales civilizados dominantes del planeta tierra y que al mismo tiempo nos hacen los más destructores y peligrosos para la existencia del mismo. Papel higiénico, productos de limpieza, algunas ollas, cubiertos, etc. era lo que estábamos necesitando. Para nuestra sorpresa y agrado descubrimos que nos acabamos de mudar a un barrio mayoritariamente árabe. Yo ya viví en un barrio árabe en Astoria, Queens y mi experiencia fue muy positiva. Hay tiendas con todo lo que puedas imaginar y a precios convenientes. Buenas frutas y verduras, un montón de semillas y condimentos exóticos y unas panaderías irresistibles. Entramos a una de esas tiendas de cosas baratas y compramos casi todo lo que necesitábamos. El cajero se dirige a mi esposo hablando en árabe... una frase larguísima con inflexiones muy diferentes a las lenguas latinas y vocales más bien abiertas, lengua suelta, un idioma relajado, blando... mi esposo es brasilero, no entendimos lo que decía. El señor muy simpático también hablaba alemán y nos regaló a cada uno un llavero de bienvenida al barrio. A mi esposo un llavero macho, una navaja. A mí, una mariposa con brillantes.
Acto seguido, no pudimos resistir a una de las panaderías. Otra vez nos atendieron muy bien, la señora de velo nos recomendó los mejores dulces y los mejores panes. ¡Verdaderos manjares!
Me pregunto... ¿qué pasó con esa primera impresión? Hace solo cinco meses que vivimos en Viena y la ciudad parece haber mutado....

¿Mutó la ciudad o mutó mi percepción sobre ella?
En este mismo momento escucho muchas sirenas, lo primero que me viene a la cabeza es preguntarme si habrá habido un atentado y me preocupo por mi esposo que está ensayando en la ópera de Viena... le escribo... recibo la respuesta.....Lohengrin 

Por suerte no está pasando nada, más bien diría que está pasando menos que nada ya que las acciones en las óperas de Wagner pasan tan lenta y estiradamente, que uno se siente casi como observando una escultura.

Al día siguiente de los atentados en París salgo de mi casa como todos los días y tomo la línea de metro U4. Veo que en la otra punta del vagón un policía empieza a discutir con un árabe y un negro. Yo no podía escuchar lo que decían, pero al ver que la gente estaba más bien tranquila no me alarmé hasta que el árabe bajó la palanca roja que detiene por completo al tren en el medio de la nada. Silencio sepulcral.

O más bien, silencio hacia el sepulcro, ¨nos va a disparar a todos y voy a morir¨, fue lo primero que pensé. Grabé un mensaje de voz a mi esposo relatando lo que iba pasando. Luego de unos minutos que parecieron horas, el tren se movilizó otra vez. Cuando llegó a la estación anunciaron por los parlantes que todos debíamos evacuar los vagones de inmediato. Fui la primera en subir corriendo las escaleras adelante de todos los austríacos que abandonaron los vagones de manera correcta y protocolar. 

Ayer, a dos semanas de los acontecimientos en Colonia, Alemania en la víspera de año nuevo, llegué a casa indignada. Al cruzar la plaza unos árabes me gritaron cosas que no pude entender pero que claramente se referían a mi como mujer. Claro que como uruguaya me di vuelta y los encaré con tal mirada de rayo láser que pararon de gritar y más bien se sintieron avergonzados.

Hoy reflexiono, ¿no pasa lo mismo o peor en Uruguay cuando una mujer pasa por una obra en construcción? ¿No me pasó ya peor en Montevideo una vez que un tipo me persiguió tres cuadras, yo sosteniendo la cartera con fuerza porque pensé que me quería robar, pero lo que hizo fue agarrarme una nalga, por lo que se ligó un paraguazo en la cara? ¿No fue racista por parte del policía en el tren empezar a discutir de la nada con los árabes?

Cuando vivía sola en un mono ambiente en Astoria, Queens, yo estaba recién llegada a New York y no conocía a nadie. Pegado a mi casa había una peluquería de hombres. El peluquero Mohamed, marroquí, siempre me saludaba con la mano a no ser que fuera su hora de rezar en la que se lo veía por el ventanal arrodillado en su alfombrita. Un día me fui a presentar y terminé haciendo amistad con él. Era bueno para mí, la peluquería estaba abierta hasta la media noche, y cuando yo llegaba tarde, sabía que alguien estaba ahí.

 A veces, cuando yo sentía miedo de noche al caminar desde la parada del bus a mi casa, le escribía un mensaje y Mohamed salía de la peluquería para acompañarme cinco cuadras. A veces tomábamos café, o yo le llevaba un café a la peluquería cuando iba saliendo a la universidad. Mohamed me contaba de su cultura y su religión y yo me indignada con cómo el mundo occidental los mete a todos dentro de una misma bolsa injustamente. Un día le pedí que me cortara el pelo. Me dijo que él me lo cortaría pero que teníamos que esperar que todos se fueran de la peluquería, ya que sus clientes hombres no lo podían ver cortándole el pelo a una mujer. Ese día yo me quedé observando por mi ventana hasta que se fuera el último cliente y fui. Bajó la cortina de la peluquería, me cortó el pelo y no me cobró nada.

Un día vino a visitarlo un hombre marroquí religiosamente importante. Recuerdo la vergüenza que sintió Mohamed cuando ese hombre le agarraba la mano mientras caminaban por New York. Pero Mohamed es tan respetuoso que no se animó a decirle nada. Hoy me subo al U4 y observo el tiroteo de miradas entre árabes y europeos (no todos, claro)...y recuerdo a mi amigo Mohamed.

 

Dibujos de la autora